Mi gran amor

Hoy voy a contar­te cómo encon­tré al amor de mi vida. Así que pon­te cómo­do con un capuch­i­no y ven con­mi­go a mi mun­do. Hubo una épo­ca de mi vida en la que no dese­a­ba nada más que una novia. Y fue pre­ci­sa­men­te este deseo lo que lle­vé a Dios. Pero suce­dió.… NADA. Pas­aron meses y años. ¿Por qué fun­ci­onó para los demás y no para mí? ¿Escuchó Dios mi ora­ción o fue todo una ilu­sión? Estas y otras preg­un­tas zum­bab­an en mi cabe­za.

Y enton­ces lle­gó el día X, en el que cono­cí a una mujer que me pare­ció más que inte­res­an­te, y que parecía sen­tir lo mis­mo por mí. Como viví­a­mos a 500 kiló­me­tros de distancia, tuvi­mos tiem­po sufi­ci­en­te para cono­cer­nos muy bien por telé­fo­no y por escri­to, y expe­ri­men­ta­mos que las mari­po­sas tam­bién pue­den volar a tra­vés del telé­fo­no.

“¿Quieres casarte conmigo?”

Una vez toma­da la decis­ión de que que­ría pasar mi vida con esta mujer, le pedí que se casa­ra con­mi­go. Para dar­le a todo un toque espe­cial, me deci­dí por el lugar del que Stef­fi había hab­la­do mara­vil­las a menu­do: Qued­lin­burg. Ele­gí la roca de are­nis­ca más boni­ta (hay que reco­no­cer que era la úni­ca) que pude encon­trar cer­ca y creé mi pro­pio geo­caché en el que colo­qué el anil­lo de com­promiso. Así que el anil­lo esperó soli­ta­rio y enter­ra­do a su nue­va due­ña, que estaba a unos 300 kiló­me­tros de distancia y a la que pri­me­ro tenía que atraer has­ta aquí. Has­ta enton­ces, espe­ra­ba que no se encon­tra­ra otro due­ño mien­tras tan­to. De todas formas, el oro blan­co no era reco­no­ci­b­le como oro para nin­gún pro­fa­no y sólo cabía en dedos est­rechos. ¿Qué podía salir mal? Dos días des­pués, salí con Stef­fi. Por supues­to, ella no sabía NADA y ni siquie­ra había espe­cu­la­do con sus ami­gas sob­re si se lo pedi­ría ; ) Las excur­sio­nes de 300 km son lo más nor­mal del mun­do en un día de oto­ño como éste. Pude sor­pren­der­la, al menos en par­te, por­que me hice el des­pista­do todo el tiem­po y, cuan­do encon­tró el anil­lo, se que­dó un poco per­ple­ja. Afort­una­da­men­te, no fue por­que le preg­un­t­a­ra si que­ría ser mi espo­sa. Respon­dió con un escue­to “sí”, que signi­fi­ca­ba “quie­ro”, e inme­dia­ta­men­te siguió con la preg­un­ta “¿cómo ha lle­ga­do el anil­lo has­ta aquí?”. Una vez acla­ra­dos estos importan­tes hechos, dijo algo que me lle­gó al cora­zón. Me dijo que no que­ría con­tár­me­lo antes de com­pro­me­ter­nos por­que no que­ría influir en mi decis­ión. **Unos cin­co años antes, se había levan­ta­do por la maña­na y había teni­do los sigu­i­en­tes pen­sa­mi­ent­os en la cabe­za: “Tu mari­do se llamará Jona­than algún día”. Estos pen­sa­mi­ent­os estab­an conec­ta­dos con una pro­fun­da cer­te­za y ella sabía que sólo Dios podía hab­lar­le así. En aquel momen­to no cono­cía a Jona­tán y se preg­un­ta­ba todo el tiem­po por qué Dios se lo había dicho tan cla­ra­men­te. Sólo cuan­do se reu­nió con­mi­go recor­dó esta situ­ación de enton­ces. Y aquí vie­ne lo bue­no: fue exac­ta­men­te en ese momen­to cuan­do le preg­un­té a Dios, casi acusán­do­le: “¿Por qué no respon­des a mis ora­cio­nes para que ten­ga un com­pa­ñe­ro? ¿Te lle­gan mis ora­cio­nes?“Cuan­do Stef­fi me dijo esto, mi cora­zón se sin­tió toca­do por el amor de Dios y me di cuen­ta de que había escuch­a­do mis pleg­a­ri­as des­de el momen­to en que las pro­nun­cié. Enton­ces no era el momen­to adecua­do y, miran­do atrás, puedo decir con ple­na con­vic­ción: fue algo muy bue­no y, si pudie­ra vol­ver a vivir aquellos años, lo haría todo de nue­vo.

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